2006/11/05

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  • Seamos legales e inmorales
  • El Mundo, 2006-11-05 # Angela Domínguez
En verdad os digo... que no entiendo a qué obedece toda la escandalera político, social y religiosa desatada por la lamentable homilía del canónigo Fabián Castaño durante la misa institucional para la celebración de San Marcelo en la Catedral de León.

La sinuosa oratoria del religioso sólo pretendía señalar que el carácter legal que ampara a los matrimonios entre homosexuales no necesariamente ha de ser moral y para ello no hizo más que utilizar, a modo de parábola evangélica, un hecho histórico contemporáneo, que la legalidad de los campos de exterminio nazi no impedía su degradación moral. Deducir de este análisis, tal como concluyen los colectivos gays, el PSOE e IU, que el clérigo realizó una demagógica e injuriante comparanza es, sin más, el resultado esperado y deseado con semejante homilía. ¿O es que alguien cree en la cándida inocencia de un veterano homileta?

Su discurso perseguía una finalidad y obtuvo el éxito esperado, y posiblemente bendecido por su obispo Julián.

Porque si algo no se le puede censurar a la Iglesia, a raíz de este episodio dominical, es su plena coherencia que se constata, una y otra vez, en su montaraz oposición a cualquier avance social, legal, científico e incluso moral que quiebre lo que para ella son pilares sagrados de una pétrea sociedad.

Si la doctrina católica ni siquiera acepta la plena libertad sexual de los heterosexuales, no sujetos a ninguna discriminación aparente, ¿acaso está en condiciones de entender a los homosexuales, salvo como sufridos portadores de una tara sólo combatible desde la más estricta castidad?

Si la Iglesia aún ve pecado –el original– en la concepción, en el uso de los anticonceptivos, en los derechos de la mujer sobre la gestación, en algunas prácticas sexuales, en el divorcio e incluso se opone a la teoría de la evolución ¿cómo va a entender que dos hombres, que dos mujeres deseen unir sus vidas ante el mundo con o sin el plácet de dios? Imposible.

Se puede exigir a la Iglesia muchas cosas, pero nadie tiene derecho a reclamarle que desista de sus posiciones ideológicas y de su batalla dialéctica desde el altisonante ornato de los púlpitos.

La Iglesia que conocemos y que nos ha educado y forjado, con o sin nuestro consentimiento, es así y presuponer, como algunos ilusos pretenden, que puede y debe estar abierta a la innovación, a la comprensión plena del hombre, a la libertad, e incluso que es capaz de pedir perdón sin que sean necesarios varios siglos de meditación, es bocetar una institución que no es ni católica ni apostólica ni romana.

Ya está bien de asombrarse de lo que la curia piensa, porque nunca su pensamiento nos fue desconocido. Ése es su papel y yo, personalmente, me alegro, porque por sus hechos y sus palabras les conoceréis.

Y volviendo al sermón de la discordia, a la disquisición entre lo legal y lo moral. Sin duda vincular gays y nazis es legal, es el ejercicio de su libertad de expresión y opinión, que yo defiendo y la Constitución reconoce, pero también es tremendamente inmoral, señor Castaño.

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