2006/07/11

> Erreportajea: Ezkontza > LA PRIMERA PAREJA GAY QUE SE CASO, UN MATRIMONIO "TRADICIONAL"

  • Hasta que la muerte les separe
  • Un matrimonio 'tradicional'
  • Han celebrado su primer aniversario de boda pero llevan 31 años juntos
  • El Mundo, 2006-07-11 # Olga R. Sanmartín, Madrid

Pusieron su lista de bodas en El Corte Inglés. Dan un paseo todas las tardes. Cenan temprano. Emilio visita a diario a su madre. Tienen una casita en la sierra de Madrid y van a la Costa del Sol en el verano. No usan el ordenador. Carlos escribe cartas (a mano). Se esfuerzan por cultivar tomates. Están en contra de las marcas. Les gusta el vino bueno y los museos arqueológicos. Sueñan con hacerse viejos en Asturias. No tienen tarjeta de crédito, ni préstamos bancarios, ni compran nada a plazos.

Se conocieron hace 31 años y, desde entonces, sólo han estado separados durante el tiempo que Emilio pasó haciendo el servicio militar.

Carlos Baturín y Emilio Menéndez se definen como "un matrimonio tradicional" y quieren ser el vivo ejemplo de que esta institución está lejos de extinguirse, en contra de lo que auguraron algunos catastrofistas, hace un año, tras la aprobación de la ley que permite casarse a las personas del mismo sexo. Y de que se puede ser gay o lesbiana y creer en los valores más convencionales.
  • Los primeros
Se hicieron famosos por protagonizar la primera boda rosa que hubo en España. Han celebrado su primer aniversario, en alguna isla perdida del mar del Norte, y más enamorados de nunca. Aún con esa fascinante y extraña sensación en el estómago.

"No es cierto que el matrimonio mate la pasión", asegura, con su acento neoyorquino, Carlos. "Este último año ha sido... no sé cómo explicarlo. No quepo dentro de la piel, estoy como inflado. Como que, por alguna razón, me siento más cerca de ti".

Le habla directamente a Emilio, sentado frente a él en su pequeño pero coqueto ático del centro de Madrid. Butacas de cretona, vitrina con objetos de plata, una rica colección de paisajes campestres en las paredes y el obsesivo tic tac de un viejo reloj de nogal.

Carlos prosigue, pensando en voz alta: "¿Qué hemos sido estos 30 años? ¿Compañeros de piso? No es muy acertado. ¿Amigos? Algo más que eso. ¿Amantes? Sí, también. Pero la palabra marido es la más precisa, la que mejor nos define".

"Vivimos en un mundo de etiquetas", sentencia Emilio, moviendo la cabeza. "Ahora, por fin, nuestros derechos están reconocidos. Lo que yo creo que nos sucede es que, tras la boda, nos sentimos más satisfechos por todo lo que supone de reconocimiento y normalización. Pero no te creas, felices ya éramos antes".

Carlos (59 años) es psiquiatra y Emilio (51), escaparatista. Se conocieron en una cafetería de Madrid en los tiempos en los que lo suyo estaba considerado como una actividad contra natura. Ahora les pasa a menudo que la gente les felicite por la calle.
  • Postura intransigente
Hace poco, un hombre con pinta de votar al Partido Popular les paró en el barrio madrileño de Chamberí. Iba con un niño pequeño. "Hijo, dale la mano a estos señores", animó al crío, "que son los primeros chicos que se han casado en España".

Este tipo de cosas a Emilio y a Carlos les llena de optimismo. Ha pasado un año y siguen sin entender la "intransigente" postura que consideran que la Iglesia mantiene hacia su colectivo.

"Que me digan a mí en qué les perjudica que Carlos y yo nos hayamos casado. ¿Ponemos en cuestión los matrimonios heterosexuales? ¿Recortamos sus derechos? ¿Desequilibramos sus vidas? Todavía nadie me ha sabido responder a estas preguntas", se queja Emilio, que insiste en que cree en Dios, aunque la Iglesia no le parece "una institución medianamente creíble".

"Yo creo que la Iglesia incurre en muchas contradicciones. Lo nuestro les parece mal y no se han opuesto a que el Príncipe se case con Letizia Ortiz, que, con todos mis respetos, está divorciada", añade.
  • Acabar con los estereotipos
Emilio no ha podido olvidarse todavía de aquella infancia asturiana con los padres Agustinos en la que salía del confesionario con la cabeza baja y los hombros encogidos, creyéndose ser todo lo que el cura le llamaba: "depravado", "degenerado", "hijo del demonio"...

Precisamente han querido salir en televisión hablando de su vida para "que los jóvenes sepan que no tienen que pasar por esos complejos, esos traumas y esas cosas terribles" que han sufrido. Su objetivo es "que todo el mundo sepa que la marginación se ha acabado" y romper, de una vez por todas, "con esos tópicos homofóbicos que tanto aparecían en las películas de Alfredo Landa". Comienza Carlos, jugueteando con su alianza:

- Queremos acabar con esos estereotipos de que los gays somos promiscuos, frívolos, insustanciales, vanidosos...
- Cada persona, sea homosexual o heterosexual, es diferente a las otras. Ya está bien de tantos estereotipos.
- Nosotros somos de una forma. Otros de otra. Nadie es peor ni mejor. A nosotros, por ejemplo, nos han inculcado los valores tradicionales y la ética está muy presente en nuestras vidas.
- Yo es que creo firmemente en el vínculo matrimonial.
- Y yo.
- Estoy completamente convencido de que nunca voy a separarme de ti, es que no me cabe en la cabeza.
- Je, je. Más que tradicionales, me parece que estamos hechos un par de antiguos.


No quieren adoptar. Dicen que son demasiado mayores para eso. Su familia la componen un gato muy gordo llamado Tito que se encontraron en el campo, la madre de Emilio -"me enseñó a pensar por mí mismo"-, una tía de ochenta y pico años que les invita a Marbella y muchos amigos repartidos por el mundo que, cuando les visitan, se instalan en la terraza y se quedan charlando hasta la madrugada.

Pero, sobre todo, están ellos dos, que confiesan, un tanto avergonzados, que nunca se han ido de vacaciones el uno sin el otro, "como suelen hacer otros matrimonios". Después de 31 años siguen mirándose a los ojos cuando se hablan y son capaces de pasarse horas y horas conversando.

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